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Los bizcochos, bocaditos de trigo de los cayambeños
Los bizcochos, bocaditos de trigo de los cayambeños

Claudia Idrovo, Redacción Quito
cidrovo@elcomercio.com

Los ‘bizcocheros’ es el nombre de pila que se ganaron los cayambeños y que tiene varios siglos de tradición.

Esto porque la figura de este bocadito crujiente y que se deslíe en la boca se dibuja en la mente de quienes tan solo escuchan la palabra Cayambe.

La tradición de asociar los bizcochos con esta cabecera cantonal viene desde 1534, con la llegada de los españoles, así lo relata, Luis Guzmán, periodista y bibliotecario.

Los religiosos europeos tenían su pan favorito y trajeron a mujeres expertas de España para que lo elaboren. Así 26 familias españolas comenzaron la tradición: Jarrín, Rodríguez, Torres, Cisneros, entre otras.

SUS SECRETOS

Los ingredientes
La harina de flor de trigo, manteca vegetal, mantequilla, levadura, sal, agua y azúcar son los ingredientes del bizcocho. En las recetas caseras le añaden manteca de chancho. El tiempo de cocción depende de la temperatura del horno de leña y varía de 15 a 30 minutos.

Los atrapaniños
El bizcocho resulta la provocación de los niños si lo ofrecen con manjar de leche. Este producto se incorporó a la tradición.

En esto concuerda, el escritor cayambeño Gustavo Vaca Maldonado, quien registró que Virginia, Dolores y Enma Jarrín fueron las primeras mujeres que moldearon y asaron bizcochos en Cayambe. Pero, el sabor y la fragancia conseguidos en el horno de leña, hicieron que los cayambeños aprendieran pronto la receta y le añadieran un toque personal: el rico queso de hoja.

Los habitantes aprovecharon los cientos de litros de leche producidos en las haciendas ganaderas de la época y elaboraron los quesos envueltos en hojas de achira.

Estas golosinas ganaron fama en la región. Desde 1928, cuando el tren llegó por primera vez a Cayambe, se oían las voces de jóvenes que promocionaban bizcochos, quesos y huevos duros en los vagones.

La respuesta no se hizo esperar y cientos de pasajeros los compraban desde las ventanas del ferrocarril. Eran una delicia que aplacaban el hambre de los niños y adultos hasta que llegaban a sus destinos en Quito, Ibarra y San Lorenzo.

Luego de 77 años, la tradición se mantiene en este valle resguardado por el majestuoso nevado Cayambe, cuyos deshielos vuelven fértiles miles de hectáreas de terreno.

Con una sonrisa en sus labios, Gustavo Vaca cuenta que a ningún cayambeño se le ocurre viajar sin llevar una funda de bizcochos recién horneados y queso. “Su influencia es tal que el trámite público más complicado se resuelve en 15 minutos con este presente”.

Pero su recuerdo se extraña fuera del país, los cayambeños emigrantes sufren nostalgia por este bocadillo y piden que los envíen con sus familiares que viajan al exterior, porque, a pesar de los pedidos, ninguna empresa de ‘courier’ de Cayambe los transporta.

Dentro del país tienen sus adeptos. Los golosos viajan a este valle para saborearlos recién salidos del horno o si pasan por la Panamericana detienen sus autos para comprarlos. Francisco Rojas, de 40 años, es un cayambeño emocionado por lo suyo. Dos veces al año lleva grupos de turistas, para que prueben bizcochos.

Hace pocos días se detuvo en el local de bizcochos San Pedro, una humilde vivienda de una planta. Allí se admiran como en un museo, las pailas donde se amasa este tipo de pan crujiente. El local conserva el olor del asado y los bizcochos se mantienen calientes.

La mexicana Dora Argelia Hernández no se resistió a probarlos con café en leche. Con el primer bocado susurró “sabe a mantequilla, no es harina, sino parece masa de hojaldre” y con placer dio el segundo mordisco.

Al mismo tiempo, por la puerta angosta del local, unas 30 personas de la tercera edad formaban una hilera. Luego de unos minutos, la visita acababa cuando todos salían con una funda de papel llena.

A tres cuadras del lugar, esta escena se repite en la plaza central, donde los vendedores los exponen en canastas de carrizo. Además, en las avenidas Natalia Jarrín y Rocafuerte hay más de una docena de locales que los exhiben doraditos.

Este oficio de bizcocheros involucra a todos. El sacerdote Rafael Méndez, los amasa desde que era adolescente y dice que prepararlos es un verdadero encuentro del hombre con la naturaleza, con Dios.

Así, la fama del bizcocho cruza el valle y se cuela en el recuerdo de quienes los han probado tan solo al escuchar mencionar la palabra Cayambe.

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