Los aventureros pueden ir en vehículos propios o en transporte público, en una hora, por la carretera Ibarra-San Lorenzo. En bus o en auto, el paisaje es igual de maravilloso.
Atrás queda el bullicio de Ibarra, con sus casas pintadas de blanco, y su eterna primavera, para dar paso a la tranquilidad de los valles.
A medida que el calor seco aumenta, parecen crecer también los cultivos de caña, fréjol, tomate... que se mecen con el viento, entre las casas que se han convertido en improvisados locales de venta de caña, mandarina, papaya, uva...
En pocos minutos, vuelve a variar el paisaje, dando paso a un escenario árido y agreste, que trepa hasta las montañas.
De pronto aparece un verde intenso, acompañado de una calidez húmeda. Estamos en Lita, a 96 kilómetros, al noroeste de Ibarra.
La mayoría de turistas que llega a la Estación del Ferrocarril queda hechizada por la tupida vegetación subtropical. De pronto, el bocinazo agudo del ferrocarril, que inunda el valle y advierte que el viaje empieza, rompe el hechizo.
Desde la estación, se puede ver cómo las aguas cristalinas de los río Mira y Lita se unen en un encuentro sonoro. “Este es un lugar mágico”, asegura Octaviano Chuquisán, un ex trabajador ferroviario, que hoy se dedica a promocionar los encantos turísticos de Lita.
El viaje continúa luego por un escenario selvático. Las rieles se abren paso entre robustos árboles y arbustos espinosos. En medio de la vegetación resaltan las espigadas plantas de orquídeas, adornadas con flores blancas, rojas y amarillas.
Luego aparece el túnel de Piguambí. Los viajeros comentan sobre la fortaleza e ingenio de los constructores de la ruta del ferrocarril, que a punta de pico y pala se abrieron paso por las entrañas de las montañas. El tren cruza un sexto y último túnel. Los murciélagos vuelven a revolotear...
De pronto, el grito de un turista alerta sobre la presencia de una pequeña tortuga, que camina, con toda la paciencia del mundo, cerca de los rieles. El ferrocarril disminuye la velocidad para que todos puedan apreciar el ejemplar.
El ferrocarril retoma su ruta. Las montañas quedan atrás y se despliega una amplia llanura. Es Alto Tambo.
Tras una pausa de 15 minutos, para que los viajeros puedan abastecerse de frutas y agua, se anuncia el fin del trayecto y comienza el retorno.
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