Un caserío lleno de contrastes y rico en vestigios arqueológicos es lo que encontró el historiador estadounidense Collin Makewall, hace 20 años al sur de Manabí. Desde entonces, quien visita Agua Blanca hace ‘turismo arqueológico’, con o sin intención.
En este poblado milenario además se puede acceder a uno de los secretos más antiguos de las culturas asentadas en la zona. Recorriendo a pie por los recovecos del río Buenavista, hoy seco por el verano, se puede acceder hacia el lago mítico de agua azufrada. Los vestigios de la cultura manteña yacen por doquier. Pedazos de cerámicas de colores negro y café se pueden obtener cavando apenas entre 30 y 50 centímetros en las lomas de mediana y baja pendiente.
Caminar por Agua Blanca es como volver en la historia, comenta Francis Well un turista estadounidense. “Me habían hablado de este lugar, pero nunca pensé que era tan original”, enfatiza mientras recorre una zona pedregosa. Al parecer, allí estaba uno de los sitios más concurridos de Agua Blanca, hace milenios. En la parte central del asentamiento lo que al parecer fueron unas gradas dejan volar la imaginación de los visitantes.
Para mantener viva la historia, no solo con leyendas, en Agua Blanca también hay un museo pequeño. En una casa de madera con paredes de enchinche (barro con paja) y cubierta de cinc se exponen vasijas, instrumentos que fueron utilizados como armas para cazar y hasta la flora y fauna del lugar con serpientes conservadas en formol. Treinta minutos dura la estadía en el museo, cuya ‘banda sonora’ es la historia del centro ceremonial, contada por un guía.
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