El olor a sal que emana de las cálidas aguas del océano Pacífico invade el trayecto entre Pedernales y Cojimíes. Un desvío, en un estrecho camino, da inicio a la ruta.
A lo largo de la vía, las piscinas camaroneras, las palmeras y haciendas dispersas forman el cálido paisaje costeño.
Antes de llegar al destino se encuentra El Cañaveral, pueblo de pescadores artesanales. Los 45 minutos de camino culminan y una pancarta grande con vistosos colores da la bienvenida a Cojimíes, parroquia de Manabí.
La visita a este sector, rodeado de mar, evoca un hecho que lo marcó 99 años atrás, cuando en 1906 un terremoto de 8,3 grados en la escala de Richter, en el océano Pacífico, en la zona entre Cojimíes y Esmeraldas, causó un maremoto.
Las grandes olas arrasaron con media docena de casas, pero la gente se quedó a enfrentar al bravo océano.
Desde entonces parece que el tiempo se detuvo. Las calles están cubiertas por arena gris y las modestas casas de caña guadúa envejecida y techos de zinc todavía se mantienen en pie.
Teodoro Olives expresa el entusiasmo de su gente; él es uno de los hijos de los primeros pobladores, quien por quinto año consecutivo organizó la Feria de la Corvina. Esta vez participaron 30 embarcaciones.
La pesca deportiva, el principal atractivo del festival, es el gancho para que los visitantes descubran los encantos de Cojimíes y vuelvan otra vez.
La aventura de descubrir
La vasta playa de Cojimíes, rodeada de 45 kilómetros de palmeras de coco, es apta para un sinfín de actividades.
En esta época veraniega, en la cual el sol resplandece durante el día en un cielo azul y despejado, se convierte en el sitio ideal para los aficionados a quienes les gusta volar en ultraligero. La amplitud del área hace que los pilotos se sientan seguros a cielo abierto.
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